La reproducción de las cabras bajo la luna

Hay un instante del año en que el monte parece contener la respiración. No se debe a la transformación del paisaje, a que el repique de las campanas rompa el silencio rural con otro ritmo, ni a que las luces que alumbran el alba sean distintas. El origen lo encontramos en el interior del rebaño, donde una atmósfera sutil despierta. De hecho, la reproducción de las cabras comienza mucho antes del parto: nace en un pulso secreto que recorre los cuerpos y responde a un calendario antiguo, escrito en el ADN y en los ciclos de la luna.

No todas las cabras manifiestan el celo al mismo tiempo, aunque muchas sí coinciden en luna creciente. Durante unos días, el aire del aprisco se carga de señales invisibles. Las hembras buscan, se inquietan, reclaman. Los machos responden con determinación, fieles a un instinto natural que no necesita discursos: basta un encuentro breve, casi fugaz, para que el ciclo de la vida prosiga su curso.

Un chivo joven y fuerte puede cubrir hasta cincuenta hembras en pocas horas, aunque hay quien ha visto mayor actividad en una sola noche. La escena no tiene épica, pero sí una intensidad primaria donde todo ocurre, con rapidez y precisión, en menos de un minuto. Después, el rebaño recupera la calma. A simple vista nada parece distinto, aunque dentro de cada cabra fecundada haya comenzado un viaje silencioso que durará alrededor de cinco meses.

La gestación de las cabras dura, aproximadamente, cinco meses. Imagen Pixabay

 

 

 

 

 

 

 

 

La gestación transcurre sin estridencias. La futura madre continúa su rutina: camina por los pastos, busca brotes tiernos, se recuesta en el suelo seco cuando el sol afloja. En su interior, sin embargo, el latido de los cabritillos resuena cada vez más fuerte. Con el avance de los meses, el cuerpo de la cabra cambia. El vientre se redondea, el paso se vuelve más prudente y, poco antes del parto, la producción de leche disminuye y el animal entra en un tiempo de recogimiento. Ese descenso no representa una pérdida, sino una preparación: concentrar energía para el nacimiento que se aproxima.

Normalmente los partos tienen lugar en primavera y verano. No obstante, si la cubrición tuvo lugar a comienzos del estío, el parto suele coincidir con el inicio del invierno. Mientras el exterior se enfría, en el interior del establo surge el calor frágil de los recién nacidos. El alumbramiento suele desarrollarse sin ayuda, aunque los pastores están atentos ante cualquier complicación que pueda surgir. La cabra busca un rincón tranquilo, empuja y expulsa al cabritillo, envuelto en una membrana brillante. Asistir al parto de los animales no deja de sorprender. Y cómo la madre establece el primer contacto con su cría, a la que lame con esmero durante ese primer vínculo, tampoco.

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